Destruye las mentiras racistas sobre el coeficiente intelectual, lucha contra el fascismo

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10 Abril 2026 18 visitas

Destruye las mentiras sobre el coeficiente intelectual, lucha contra el fascismo.

Políticos fascistas como Donald Trump y magnates multimillonarios como Elon Musk están reviviendo el veneno del coeficiente intelectual, la “superioridad genética” y la jerarquía humana. Trump alardea de sus “buenos genes... un coeficiente intelectual muy alto” (Washington Post, 10/2016), reduciendo a las personas a linajes y clasificaciones. Musk promueve una versión de alta tecnología de la misma mentira, afirmando que “la IA superará la inteligencia humana para finales de 2026” (Foro Económico Mundial, 01/2026), tratando la inteligencia como un número que puede clasificar a trabajadores, máquinas y poblaciones enteras. Detrás de esta lógica subyace una lógica racista y sexista destinada a preparar a la clase trabajadora para el fascismo. Multimillonarios como Peter Thiel defienden abiertamente la desigualdad y atacan incluso la fachada de la democracia liberal, insistiendo en que la sociedad debe ser liderada por unos pocos supuestamente superiores (Cato Institute, 2009). Diferentes voces, mismo mensaje: algunos están destinados a gobernar y el resto a obedecer.

Estas ideas no son nuevas. Son la misma vieja mentira de la clase dominante, disfrazada con un nuevo lenguaje. Desde Charles Murray hasta racistas anteriores como E.O. Wilson, los poderosos siempre han intentado “demostrar” que la desigualdad es natural. Lo que llaman ciencia es propaganda de la clase dominante. Hoy disfrazan la eugenesia con el lenguaje de los datos, la genética y la tecnología para que esa mentira parezca moderna e inevitable, pero el objetivo no ha cambiado: justificar la explotación y preparar el terreno para la represión y el genocidio.
Este mensaje fascista es claro: si los trabajadores son pobres, explotados o marginados, es porque carecen de inteligencia. Esta mentira debe ser desmentida. La inteligencia no es un destino biológico. Se produce mediante el trabajo colectivo de la clase trabajadora.

La inteligencia de la clase trabajadora es trabajo social

La inteligencia no pertenece a los individuos. Se crea mediante el trabajo colectivo de la clase trabajadora. Cada día, los trabajadores generan conocimiento a través de la cooperación, la improvisación y la lucha. Un profesor observa el aula, ajusta la enseñanza y desarrolla nuevas maneras de conectar con los alumnos bajo presión. Un trabajador del transporte público lleva a cabo una evacuación de emergencia, coordinando el movimiento, tranquilizando a los pasajeros y restableciendo el servicio ante el peligro. Una enfermera toma decisiones rápidas que combinan la formación con la imprevisibilidad de la condición de un paciente. Estos no son actos aislados de genialidad individual. Son expresiones de trabajo social, arraigadas en la experiencia compartida y la práctica colectiva.

Esta inteligencia es acumulativa. Se construye con el tiempo mediante la lucha compartida, se transmite entre los trabajadores, se perfecciona en la práctica y se agudiza como proyecto de clase. En el trabajo, los trabajadores resuelven constantemente problemas que la gerencia no puede prever. Crean atajos, sistemas de apoyo informales y estrategias colectivas que mantienen el funcionamiento de los centros de trabajo a pesar de la falta de financiación, las aceleraciones y la represión directa. Sin ella, la producción se paralizaría.

Esta inteligencia es, además, fundamentalmente cooperativa. Surge a través de la comunicación, la confianza y la coordinación. Los trabajadores dependen unos de otros, compartiendo conocimientos y sincronizando acciones de una manera que ningún individuo aislado podría replicar. Incluso en condiciones diseñadas para fragmentar y aislar a los trabajadores, generan un entendimiento compartido. Esto se opone directamente al mito capitalista de la inteligencia como un activo individual que se mide, clasifica y recompensa. En realidad, la inteligencia es relacional. Se produce entre las personas, no reside en ellas.

El capital depende de la inteligencia social del trabajador en todos los niveles, pero se niega a reconocer su origen. En cambio, extrae el conocimiento de los trabajadores y lo presenta como propiedad de instituciones, expertos y máquinas. Los manuales de capacitación, los algoritmos y las técnicas de gestión se basan en el conocimiento acumulado de los trabajadores, despojado de su contexto social y presentado como propiedad del capital. Lo que los trabajadores crean en conjunto se convierte en una fuerza que los disciplina y controla.

Escasez, descerebración y el mito de los expertos

Para mantener este sistema, el capitalismo dificulta la disponibilidad de conocimiento. El acceso a la educación se restringe, la especialización se concentra en instituciones de élite y la información se acapara tras muros de pago y credenciales. El conocimiento producido por los trabajadores se extrae, se concentra y se presenta como conocimiento especializado (LARB, 02/2025). Al mismo tiempo, la clase trabajadora sufre un proceso de descerebración social . El agotamiento, la precariedad y las constantes distracciones fragmentan la atención e impiden la comprensión colectiva (Brooklyn Rail, 02/2026). A los trabajadores se les niega el tiempo y el espacio necesarios para integrar sus experiencias en la conciencia de clase.

La clase dominante eleva entonces a los “expertos” como legítimos dueños del conocimiento. Estos expertos proclaman neutralidad, pero su autoridad depende de su alineación con el capital. Se les otorga el poder de interpretar y gestionar el conocimiento extraído de los trabajadores, mientras que se desestima la comprensión de la clase trabajadora como ignorante. Esto crea una falsa división entre los trabajadores. En realidad, el conocimiento experto es en sí mismo una cristalización del trabajo colectivo. No es propiedad de una élite intelectual, sino un derivado de la producción social. El verdadero conflicto no radica en la dicotomía entre inteligencia e ignorancia, sino entre el monopolio capitalista del conocimiento y la capacidad de la clase trabajadora para recuperarlo.

La revolución comunista es la única solución

El problema no reside en pruebas de coeficiente intelectual defectuosas ni en algoritmos sesgados. El problema es el capitalismo en sí mismo. Este sistema convierte la inteligencia humana en una mercancía, clasifica a los trabajadores para justificar la explotación y utiliza la ciencia y la tecnología como herramientas de dominación (LARB, 02/2024). Ninguna reforma puede solucionar esto. Mientras exista el capitalismo, el conocimiento se privatizará, la inteligencia se convertirá en un arma y las ideas fascistas resurgirán para defender la desigualdad.

La única solución es la revolución comunista. La clase trabajadora debe apropiarse del conocimiento que produce y abolir las estructuras que lo acaparan, distorsionan y controlan. Bajo el comunismo, la inteligencia ya no estará al servicio del lucro ni de la jerarquía. Se compartirá colectivamente y se utilizará para satisfacer las necesidades humanas. Las divisiones artificiales de coeficiente intelectual, experiencia y valía serán destruidas, reemplazadas por una sociedad donde la inteligencia colectiva de los trabajadores organice la producción y la vida social. 

Como argumentó el antropólogo antirracista Stephen Jay Gould, estaremos «menos interesados en el peso y las circunvoluciones del cerebro de Einstein que en la casi certeza de que personas de igual talento han vivido y muerto en campos de algodón y talleres clandestinos».

La clase dirigente teme este futuro. Por eso se aferra al lenguaje del coeficiente intelectual y la jerarquía. Pero la verdad es simple: la clase trabajadora ya tiene el conocimiento para dirigir la sociedad. Lo que le falta es poder. Ese poder solo se conquistará mediante la lucha organizada y revolucionaria. ¡Únete al PLP!